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Lo que creo fue mi primera decisión política certera se remonta a 10 años atrás, cuando estaba en las vísperas de mis 15. Esta decisión política fue gestándose unos años antes de su concreción. Recuerdo tener cerca de los 12 años, fue durante las fiestas patrias que expresé en la mesa, con mi familia, que no quería comer más carne porque “eran animalitos”. Como es de imaginar la recepción de este comentario fue risas de parte de algunos presentes (no recuerdo que mi mamá se haya reído, punto importante para el posterior desarrollo de este planteamiento), donde un tío aludía que para qué iba a dejar de comer carne si era tan rica. Recuerdo haberme metido un trozo de carne a la boca y mirar con tristeza el plato con carne. No volví a cuestionármelo hasta pasado unos años cuando me emparejé con quien fue mi primer pololo. Él se hizo vegetariano, lo que me comenzó a hacer ruido, puesto que ya no comíamos lo mismo, y su rechazo por la carne era evidente. Debo reconocer que no entendía mucho el porqué dejar la carne, más allá del hecho de saber que eran animales, como lo había expresado durante mi infancia. Durante esa época asocié los productos cárnicos con la muerte y durante la celebración de Fiestas Patrias. Recuerdo haber dejado por completo la carne de cualquier tipo -ave, vacuno, cerdo, pollo, productos del mar- en ese contexto tan “problemático”. Fui a una fonda con mis primos y la verdad, nada se sintió muy distinto en el ambiente, aunque yo sí me sentí distinta por tener que estar desde ese momento, pendiente de qué podía consumir. Claramente, la gama de alimentos se redujo considerablemente, pero no me pareció un sacrificio, ni mucho menos, algo poco factible de realizar.

No recuerdo muy bien qué me dijo mi mamá al momento en que le expresé mi posición, sin embargo, sí recuerdo y siento que siempre estuvo a mi lado, apoyándome y averiguando sobre una dieta constante y balanceada. Luego del terremoto del año 2010 me preguntó si quería comer carne, argumentando que había tanta gente que en ese momento seguramente no podía tener un plato de comida, apelando a mi empatía por el humano. Le dije que no y la situación/insinuación no volvió a repetirse.

Fui ovo-lacto vegetariana -dieta que excluye los productos cárnicos pero no así otros derivados animales- cerca de 6 años. A mis 21 años comencé a informarme más acerca de la procedencia de ciertos ingredientes presentes en diversos alimentos, así como también de aquellos productos que hasta ese momento me parecían tan inocuos para los animales, puesto a que no involucraban la muerte misma. Sin embargo, descubrí que la obtención de dichos productos es mucho más salvaje y cruel que la muerte misma del animal no humano, puesto a que lo determina a una vida de esclavitud hasta que deja de servir para dicho propósito, punto en el cual es asesinado. Ejemplo claro y representativo de esto es la obtención de la leche: las vacas son preñadas constantemente para obtener la leche, les quitan a sus crías cuando nacen para que éstas no les quiten la leche y, además del sufrimiento emocional que causa, notoriamente esto -existen múltiples videos en donde el llanto de la madre y de la cría se extienden por semanas, llamándose mutuamente-, los novillos son llevados al matadero para ser vendidos como “carne tierna”. Estamos comiendo, literalmente, un bebé. Por cierto, la vaca sufre de constantes infecciones a causa de las máquinas en sus ubres, además del deterioro de su cuerpo usado como fábrica. La leche, lejos de ser un alimento sano, está llena de pus, sangre, antibióticos y hormonas para nada beneficiosas. Considero grotesco tomar algo que contiene esas sustancias, además de lo grotesco de su origen. Simplemente no me parece correcto pagar por una constante violencia desde nuestra  "superioridad" humana otorgada por nuestra lógica antropocentrista.

Dejar de consumir productos y subproductos animales me hizo abrir los ojos y cultivar una empatía mayor pro aquellos que, a pesar de tener voz, no son escuchados. Dejé de utilizar cuero u otros restos de animales para vestirme, dejé de consumir sus fluidos, fluidos destinados a otras necesidades que no son las mías. Dejé de contemplar mi gula antes que la vida de otros, dejé la comodidad para atreverme a buscar más allá de mi perímetro cercano. Actualmente considero que convertirme en lo que se etiqueta comúnmente como “vegana” ha hecho un bien a mi cuerpo, en el sentido biológico, pero también, y por sobre todo, a mi espíritu. Me hace sentir en equilibrio con mis creencias, me hace sentir que al menos hago menos miserable la vida de, aunque sea, un animal no humano. Considero que es una postura ética que mantiene un correlato directo con otras matrices ideológicas en las cuales convivo, como es el caso del feminismo, puesto que no considero ético la explotación de otra hembra en función egoísmo humano. Mantiene correlato con la perspectiva ambientalista que he ido desarrollando desde mi infancia, envista de que los productos de origen animal contaminan evidentemente más que los productos de origen vegetal (“La carne de menor impacto crea un 360% más de emisiones de gases de efecto invernadero, un 3.200% más de acidificación, un 970% más de eutrofización y usa un 230% más de tierra que una plantación media de soja para tofu por gramo de proteína”, sostiene Joseph Poore, investigador de la Universidad de Oxford, Reino Unido, y coautor del estudio, que ha centrado su carrera investigadora en el impacto ambiental de la agricultura). En dicho sentido, mantiene cierta contraposición con el sistema económico capitalista, promoviendo mayor sustentabilidad ecológica -en este último punto mantengo cierta discrepancia, puesto a que el consumo ético en el capitalismo no me parece del todo factible-.

En mi camino hacia el veganismo fui criticada, sólo en un comienzo, por mi mamá, quien catalogó mi postura como “extremista”. Le contesté que no lo consideraba así, que extremista era la matanza y esclavitud hacia los animales no humanos. No pasó ni una semana hasta que ella comenzó a comprarme productos “veganos” y a averiguar sobre la alimentación. Al día de hoy ella es uno de mis pilares fundamentales en este proceso, siempre informándose e innovando. Me alegra mucho su actitud, puesto a que, como me ha confesado, “la tengo traumada” con la realidad que le muestro, y si bien, no ha dejado de comer carne, en casa lleva una dieta vegetariana estricta junto conmigo, y además encontró su propio “granito de arena”, yendo a centros de reciclado todos los sábados. Se preocupa de comprar cosas no testeadas en animales, además de otros productos domésticos que no tengan productos de origen animal.

Este modo de vida también me ha llevado, a veces a incertidumbres un tanto banales, como dónde podré comer o qué, incertidumbres que me han llevado a ser más precavida en mi alimentación. Realmente puedo confesar que han sido pocas las veces en las que he lamenado no poder comerme un pastel o una pizza en cualquier sitio, ya que simplemente no me interesa ingerir algo que considero es dañino en muchos sentidos. Dejar de lado mi satisfacción personal por algo que creo justo es todo lo contrario a una incomodidad continúa, me siento en absoluta armonía con mi actuar, y quiero mantener esta elección de vida durante el tiempo que ella sea parte de mi sentir y pensar.A mis 25 años y con inconsistencias menores, puedo decir que me siento realmente cómoda con el veganismo. Por supuesto que soy consciente de que lo puedo llevar de manera sencilla y satisfactoria gracias a mi contexto socio y epocal, gracias a mi situación geográfica, entre otras. No descarto que en algún momento mi "veganismo" se vea transgredido por alguna circunstancia en particular. No obstante, no me veo renunciando a esta postura por algo que no sea realmente significativo, ni tampoco por completo. Vivo con el pensamiento de hacer el menos daño posible a mi hogar y a los seres que conmigo conviven.

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